Estudiantes de Trabajo Social UdeC desarrollaron taller sobre uso de pantallas en la infancia junto a familias de centro de práctica

La iniciativa surgió a partir de necesidades identificadas por las y los propios estudiantes durante su trabajo en terreno y buscó entregar a apoderadas y apoderados herramientas para acompañar el uso de dispositivos tecnológicos en niñas y niños. La actividad se realizó en el Jardín Infantil y Centro Integral Rincón de los Niños de Concepción.

En el marco de la asignatura Estrategias de Intervención Caso–Familia I / Práctica III: Intervención con Personas y Familia, estudiantes de cuarto año de Trabajo Social de la Universidad de Concepción desarrollaron el taller “Creciendo con pantallas: una guía para la familia”, iniciativa orientada a abordar los desafíos asociados al uso de pantallas durante la infancia. 

La actividad se realizó el lunes 5 de octubre en el Jardín Infantil y Centro Integral Rincón de los Niños de Concepción, centro de práctica de las y los estudiantes, y estuvo dirigida a apoderadas y apoderados. Durante la jornada se combinaron contenidos teóricos y empíricos con estrategias lúdicas y propuestas concretas para acompañar a las familias en la regulación del uso de dispositivos por parte de niñas y niños. 

En la iniciativa participaron Enriqueta Aydée Aguayo Huenupil, Juan Pablo Baeza Torres, Fernanda Gutiérrez Mardones, Claudio Ariki Jara Matus, María Belén Molina Avilés, Jessica Manuela Palma Muñoz y Haylin Varela Colil, junto a la académica del Departamento de Trabajo Social Eugenia Urrutia Herrera. 

Una inquietud surgida desde la propia práctica

El taller nació a partir de situaciones que las y los estudiantes fueron observando durante el trabajo que desarrollan desde marzo con niñas, niños y sus familias. De acuerdo con María Belén Molina, estudiante de cuarto año de Trabajo Social, el uso de pantallas comenzó a aparecer de manera recurrente en las intervenciones, especialmente en aspectos relacionados con los tiempos de exposición, los contenidos y las reglas establecidas en los hogares. 

Desde su experiencia, la estudiante de Trabajo Social explicó que la creciente disponibilidad de dispositivos y contenidos de acceso inmediato llevó al grupo a reflexionar sobre sus efectos en distintas dimensiones del desarrollo infantil, entre ellas la regulación emocional y el manejo de la frustración. Frente a ello, consideraron necesario trabajar no solo con niñas y niños, sino también con las personas adultas responsables de acompañar y establecer pautas de uso. 

“El bienestar de todas esas familias, de todos los niños, niñas, adolescentes es nuestra prioridad”, señaló la estudiante, quien destacó además la importancia de que el Trabajo Social asuma un rol activo frente a los procesos de adaptación que generan las nuevas tecnologías en la vida cotidiana de las familias. 

Una mirada similar entregó Juan Pablo Baeza Torres, también estudiante de cuarto año, quien explicó que el tema no surgió de manera aislada, sino que correspondía a un patrón presente en distintas intervenciones realizadas por el grupo. Las preocupaciones de las familias se relacionaban principalmente con el tiempo que niñas y niños permanecían frente a dispositivos, el tipo de contenidos a los que accedían y las formas de promover un uso más adecuado. 

“No fue una idea que apareció de la nada, sino una dinámica que se repitió en varias de nuestras intervenciones”, sostuvo el estudiante, agregando que la edad de las niñas y niños del jardín hacía especialmente pertinente abordar una etapa en la que el lenguaje, la regulación emocional y el juego se encuentran en pleno desarrollo. A partir de ese diagnóstico, el grupo optó por diseñar un taller colectivo que incorporara actividades lúdicas y alternativas concretas para disminuir gradualmente el uso de pantallas. 

Vincular la formación con necesidades reales

Para la académica Eugenia Urrutia Herrera, uno de los principales valores de la experiencia radica precisamente en que la necesidad fue identificada por las y los propios estudiantes durante su proceso de práctica. A su juicio, aquello refleja su capacidad para integrar los conocimientos adquiridos durante la formación con la observación y análisis de las realidades sociales en las que están interviniendo. 

“Vemos a nuestras/os estudiantes siendo capaces de visibilizar las necesidades y de intervenir para dar respuesta y lograr ser un aporte real a la vida de las personas con las cuales trabajamos”, afirmó Urrutia. La académica vinculó esta experiencia con los aprendizajes esperados de la asignatura, entre ellos investigar, diagnosticar, programar, ejecutar y evaluar de manera autónoma procesos de intervención social.

La experiencia también permitió a las y los estudiantes poner a prueba su capacidad para adaptar los contenidos académicos a un lenguaje cercano y útil para las familias. Juan Pablo Baeza explicó que trabajar con apoderadas y apoderados significó comprobar que los conocimientos adquiridos sobre intervención familiar tienen una aplicación concreta, pero también reconocer la complejidad de las rutinas de crianza, atravesadas por jornadas laborales, cansancio y disponibilidad limitada de tiempo. 

“Tuvimos que ordenar la información en un lenguaje claro para apoderados, combinarla con actividades lúdicas y plantear el tema sin juzgar la crianza de nadie”, relató. Para el estudiante, la jornada permitió comprobar que es posible entregar orientaciones desde el respeto y mediante herramientas que puedan ser incorporadas a la vida cotidiana. 

Una intervención construida junto a las familias

Durante el taller, uno de los énfasis estuvo puesto en comprender que la regulación del uso de pantallas requiere un trabajo conjunto. María Belén Molina explicó que el grupo buscó evitar discursos culpabilizadores hacia madres, padres y otras personas responsables de la crianza, considerando que cada familia enfrenta contextos y posibilidades diferentes. En cambio, la propuesta apuntó a promover un uso más consciente de la tecnología, atendiendo tanto al tiempo de exposición como a los contenidos disponibles para niñas y niños. 

La respuesta de las familias fue valorada tanto por las y los estudiantes como por la académica. La profesora de Trabajo Social destacó que el jardín mantiene un vínculo de trabajo con el grupo desde marzo y que la participación de las familias en las distintas actividades ha sido positiva, pese a que lograr su adhesión constituye un desafío permanente. Por ello, subrayó especialmente la acogida entregada por las familias y por la dirección del establecimiento. 

Para el estudiante, esa recepción también permitió extraer un aprendizaje respecto de cómo abordar este tipo de temáticas. “Las familias buscan herramientas más que advertencias”, señaló al referirse a la valoración expresada por apoderados y directivos tras la actividad. 

Juan Pablo agregó que la experiencia permitió trasladar al ámbito colectivo una problemática que previamente habían observado de manera individual en distintas familias. Además, destacó que la manera de comunicar los contenidos resultó tan relevante como la información entregada, particularmente al tratarse de un tema que puede generar sentimientos de culpa o cuestionamientos en torno a la crianza. 

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